Si te has sentido atraído por el titular de esta entrada es que como yo, tú también te consideras un poco gilipollas. Al menos, de vez en cuando. Y es esa a la conclusión que llegamos hace unos días en esta conversación que hoy te comparto, cuando una chica me comentaba por Facebook:

—Hola, me gustaría adquirir nuevos puntos de vista exitosos de afrontar la vida. Soy relativamente atractiva, relativamente exitosa y relativamente inteligente. Pero no consigo ser feliz y ahí está el problema desde hace casi una década. Quiero seducirme a mí misma y convertir mi cerebro en la máquina prodigiosa que sé que es y otras veces ha sido. Pero me acabo auto-saboteando, preocupándome o culpándome por todo.

—Un problema es el de tener una visión centrada en los objetivos, en lugar de en los valores y hábitos que marcan nuestro día a día. Los objetivos llevan a la expectativa y la expectativa a la variación entre lo que creemos que debemos sentir o tener y lo que en realidad vivimos. Una comparación que aunada a un sentimiento de perfeccionismo perpetuo, lo que nos perpetua es una insatisfacción crónica intermitente.

No es una cuestión de objetivos, es una cuestión de ser este momento aquí y ahora como tú quieras serlo. Cumpliendo valores y hábitos que quizá te lleven a cumplir ciertos objetivos, o quizá no. Pero siempre valorando el disfrute del ahora como pilar fundamental, pues la felicidad solo se puede encontrar aquí. Es una actitud y nada futuro te la puede dar.

—¡Genial! Es justo lo que me pasa. Soy muy mental y me acostumbré a enfocarme en metas desde la Universidad. Me volví hiper-responsable y ni me admito fallos, ni casi disfrutar. Me sé la teoría pero me cuesta un mundo aplicarla. No sé cómo lidiar con la sensación de fallar a los demás o a mí misma ante el más mínimo error y el no ser infalible. Sé que nadie lo es y que no es racional pensar así. Pero no lo controlo. Creo que si soy demasiado autoindulgente caeré por el camino de la dejadez y la pereza. Busco el equilibrio desde hace años entre un extremo y otro, pero me cuesta mucho.

—Es difícil porque tienes una serie de creencias instauradas en ti a lo largo de los años que se refuerzan entre si mediante experiencias que te han ido marcando. A menos que empieces a meditar y comiences a reinterpretar un presente y futuro distinto mientras le das a su vez otro enfoque a las experiencias vitales que formaron tu pasado, es muy difícil que cambies. Porque aunque adoptes nuevas teorías, subconscientemente sigues arrastrando tus viejos programas. A lo mejor deberías empezar a aceptar que ese es un reto que muchos afrontamos y que cuesta. Empezar a quitarle importancia para simplemente disfrutar de ese juego de balanza.

—Estoy harta de retos. Me hago mayor, ja, ja. Ahora lo quiero todo fácil y rápido. Sí aprendo, no siempre, pero los de mi alrededor casi nunca. Eso me frustra. Mi entorno tiene la inteligencia emocional de una boa constrictor. Y me hacen daño al no entenderme. Me dicen que doy demasiada información y es difícil seguir mis reflexiones. Hablo rápido y mi mente va a toda velocidad y la gente, especialmente hombres, se pierden. Eso me dicen. En temas emocionales, psicológicos, filosóficos… sobretodo.

—Si puedo serte sincero Lorena, yo veo mucha queja ante cotidianidades que todos vivimos ja, ja, ja. Es tu perfeccionismo lo que te perturba

—Ja, ja, ja.

—Yo ya hace tiempo que acepte lo gilipollas que es el mundo, y soy muy feliz desde entonces.

—¡Ja, ja, ja, ja! La cosa es que yo lo acepté, pero luego se me pasó.

—¡Pues apúntatelo en la pared!

—Supongo que como soy maestra no puedo perder la fe del todo en la humanidad. Si no, ¿qué sentido tiene mi trabajo? La gente es lerda salvo excepciones y no puedo cambiarlo. Respiro y acepto, respiro y acepto… pero no me sale.

Abre tus ojos a un mundo cargado de pasión y belleza con mis libros:

—Yo he trabajado mucho como coach y tengo ese mismo instinto, pero teniendo muy claro que cuando por fin estire la pata y me largue de este mundo habrán los mismos gilipollas que habían o más porque cada vez hay más gente en el mundo. Quizá yo soy otro gilipollas ja, ja, ja.

—¿Y eso no te supone un conflicto como coach?

—Todo lo contrario. Te sientes más libre que un pájaro con alas de dragón. El problema de la gente es que no acepta. Yo cumplo mis valores y lo acepto todo y a todos en su libertad.

—Explica eso, por favor.

—Hago mi trabajo bien, diría que muy bien. No me frustro por lo que otros hagan. Ayudo a quién se deja ayudar y se permite así mismo cambiar.

—Cierto, y yo acepto pero con límites. Detesto que alguien que no razona crea que no razono yo, o que piensen que dejo de debatir porque les doy la razón. Cuando si se la doy lo hago por agotamiento o porque tengo cosas más urgentes que hacer.

—Eso es problema de ego. Todavía te identificas con esas tonterías. Yo a un “tonto” le digo lo que yo haría. Le enseño si quiere aprender. Si no, le doy la razón y a correr. Tienes que entender que no puedes ser profesora con todo el mundo, porque mucha gente no querrá tus consejos ni los escuchará, ni te dará la razón aunque la tengas. Yo no busco que alguien que no tiene interés en mi forma de pensar me dé la razón. Me complace más no perder el tiempo discutiendo. A veces nos quedamos como esperando a que nos digan que efectivamente tenemos razón y que somos geniales, pero eso no suele ocurrir en una conversación de tú a tú donde no hay roles de profesor y alumno.

—Cierto. O sea que a ti te da igual que un estúpido piense que tú lo eres más porque tú sabes que no es cierto. Y si lo piensan muchos, es problema de ellos. No te repatea la injusticia. Pues a mí sí. No sé cómo calmar a ese ego que no quiere ser superior pero que tampoco quiere que le hagan inferior sin serlo. Me considero social y agradable. Por eso la gente me adora. Pero yo a ellos no. Porque cuando soy yo la que busca empatía en las personas que la reciben de mi… no la encuentro. Y no hablo de hombres. Se aplica a hombres, mujeres, niños y ratas voladoras.

—No me repatea la injusticia que no aporta nada. Que me dé la razón alguien que piensa diferente a mi, por “tonto” que sea o no sea, no me aporta nada. No tengo nada, solo este momento y me decisión de disfrutarlo o perderlo discutiendo tonterías. Y que conste que el tiempo no se mata, nos mata él a nosotros. No es una buena forma que nos mate debatiendo gilipolleces.

—Bueno, algunos se enfadan cuando uso el humor y me llaman irónica y sarcástica. Encima de que les intento animar. Otras veces les hace gracia. Me pasa más con hombres. Conozco a muchos hombres que están menstruando últimamente. Será la andropausia.

—El problema es que te ofende el comportamiento de la gente contigo y esperas de vuelta el respeto que tú les das. No esperes nada y pasa de todo, ese es el secreto de la felicidad. Todo lo demás es ego. «Me han tratado mal cuando yo les trato bien, que injusto». ¿Oyes esa voz? Son basuras del ego. La vida no es justa y la gente va a ser idiota y egoísta siempre. Empieza a ser feliz disfrutando de tu ahora y pasando de las tonterías de ese ego que se ofende por todo y tiene argumentos defensivos para todo.

—Entendido. De hecho, teóricamente lo entendí hace tiempo.

—Despierta belleza y concéntrate en lo mejor. Cultiva una visión poética ante las basuras de la vida, pues de ellas se aprende. O cuanto menos, te puedes reír ja, ja, ja.

—Me lo escribiré tipo mantra.

—El sentido del humor es el elixir de la juventud de la personalidad.

—Estoy pensando una frase breve que concentre la idea: “Son solo humanos y están proyectando porque son irracionales”.

—No son irracionales. Tampoco puedes pensar eso porque vas a generar problemas con todo el mundo. Esa es una actitud conflictiva.

—”No saben lo que hacen”.

—Tampoco. Es mejor pensar: todos somos un poco gilipollas a veces.

—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! Lo puedo pensar lo que no puedo es decirlo…

—Todos. Tú incluida. Si no te incluyes no estás siendo realista. Porque tú también tendrás lo tuyo ja, ja, ja, ja.

—Ja, ja, ja. Vale. No hay nadie perfecto

—Ese es uno de los secretos de la felicidad en las relaciones. Entender que todos somos un poco gilipollas con los demás.

—Ja, ja, ja, ja.

SUPERATE SIEMPRE

No seas esclavo del comportamiento de los demás. Tú decides como recoges lo que los demás siembran en ti. Una mirada de odio puede ser bien correspondida con una sonrisa. Porque esa sonrisa es tu sello de identidad. Es la voz que le pones a tus palabras cuando son críticas las que recibes. Es tu mensaje al decir que no te importa lo que piensen o digan cuando asumes ser tu propio dueño y que nada ni nadie mandará sobre lo que quieres vivir y sentir. #wearebrave

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