La noche está tranquila, pero esa tranquilidad iba a tambalearse pronto.
Allí está, morena, morena y más morena que el carbón.
El pub apunta sus focos hacia una sonrisa que
siento me regala con la inocencia de quién se ama presa.
Presa la haría mía, pienso.
Atada, esposada y con mi boca besando su sexo.
Nervios, nervios y más nervios.

Me encanta su rostro angelical y la mezcla de color entre juventud y madurez que transmite. Debe ser algo mayor que yo. Es seductora. Lo siento. Muy seductora. El brillo sexual que me inspiran sus ojos verdes me arrastra hacia una espiral de insinuaciones sexuales que difícilmente voy a poder contener. No lo dudo ni un instante más. Me tiro de cabeza.



—Insinúo que en cuando termines de quitarte esa chaqueta me va a encantar como te queda el vestidito que llevas debajo —le digo con una sonrisa golfa, aprovechando el momento en que hace gesto de quitarse el abrigo.

—No es un vestido lo que llevo debajo, es una camiseta —contesta agradable, pero al mismo tiempo fría.

Deduzco sin equivocarme que no ha sido mi mejor frase de entrada.

—Tienes toda la razón del mundo. ¿Te gusta el ajedrez? —espeto de repente, y ante semejante pregunta ausente de sentido no puede evitar sonreír—. Considero que esos pantalones que llevas, que por cierto te quedan muy muy bien, son perfectos para esa clase de juego.

—Sí, bueno, aunque yo no soy muy buena jugando al ajedrez —me contesta riéndose ante mi insinuación.

—No te voy a mentir. El ajedrez tampoco es mi juego favorito —insinúo dando a entender segundas interpretaciones.



—Ahhh y… ¿Qué clase de juego te gusta?

—Principalmente aquellos que transcurren dentro del dormitorio —le suelto sin pensarlo ni una vez.

Su cara empieza a dibujar una mezcla infinita de asombro, risas y encanto natural. Le empieza a rodear la atractiva niebla del misterio. Noto en su cara como si me dijera: «bien, por fin alguien diferente».

—Veo que eres un chico bastante directo.

Esta frase podría incitar a algunos chicos a comenzar a hablar de si mismos. ¿Pero que le importa una chica que me conoce de un par de minutos cómo coño soy? Prefiero que ella lo descubra por sí misma. Ya llegarán momentos en lo que tenga que cualificarme y hablarle de cómo soy y cómo coño veo la vida.

—Estamos de acuerdo en que la culpa es sólo tuya. Tu mirada no para de comunicarme sexo a los cuatro vientos. Yo aquí sólo soy intérprete y víctima…

—Pero si has sido tú el que ha venido a hablar conmigo —me dice mientras se esfuerza por contener la risa.

—Claro, si me miras y te quitas la chaqueta insinuantemente ante mis ojos, ¿qué quieres? ¿Qué deje a ese cuerpecito espléndido que tienes sin mi agradable compañía? Eso sí que de ninguna manera —termino diciendo con gesto de indignación.

Me encanta verla sonreír y sentir que está disfrutando de nuestra incoherente conversación. Su cara empieza a reflejar más asombro, y yo la veo cada vez más como una flor que se abre a mostrar su olor. Mis continuas insinuaciones sexuales la atrapan a querer más.

—¡Oye! Que yo soy buena chica —dice mostrarse ahora más coqueta y enternecedora.

—Anda… si en el fondo eres una princesita.

—Hombre… ¿tú que te has creído? —me dice riéndose

Aquí era el momento perfecto para que ningún amigo me interrumpiera. Pero como no estamos solos en este mundo, y la brisa nos mueve de local en local, mi amigo Ángel rompe el hechizo. Me comunica que si no nos vamos ya, se nos pasaría la hora de entrada a una discoteca si no queríamos pagar la factura por disfrutar de su estancia.

—Tengo que irme. Pero estoy disfrutando mucho contigo Marta. ¿Qué te parece si os venís con nosotros y seguimos hablando? O vente tú conmigo

—No puedo, acabamos de llegar aquí y estos han pedido ya, pero apúntate mi teléfono. —me apunto su teléfono, y me apunto también una cobra al despedirme.

Siempre arriesgando y cayendo en la precipitación. ¡Y yo que me alegro!

En cuestión de una hora, recibo un WhatsApp en mi móvil.

—¡Estamos aquí!

Atendiendo a su llamada parto a su encuentro. Sus mejillas siguen tatuadas en mis retinas en un gesto acristalado. Quiero verla sonreír, lo necesito.

—Veo que no puedes vivir sin mi —le suelto con ironía mientras ataco con mi sonrisa más mordiente.

—Bueno, tú me has dicho que te avisara si venía, ahora no me culpes a mi —contesta ella con gracia.

—Por supuesto que la culpa es tuya. Tuya y mía, por mi parte de las ganas con que me he quedado de darte un beso en esas mejillas de niña buena.

Ella se sonroja y siento como si camináramos por un película romántica que nunca se llegó a emitir.

—No te conozco lo suficiente para empezar ya con besos. Tendrás que esperar, y te aviso de que la espera puede ser larga —me explica ella con tono mordaz.

¿Quiere juego? ¡Trato hecho!

—Solo un beso más, y te lo cuento todo…

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—Es una pena, la paciencia no es una de las virtudes de las que más pueda alardear —le digo bajando el tono de voz y acercándome más a ella.

—Pues la paciencia es la madre de la ciencia, ¿nunca te lo han dicho?

—¿Aún tienes alguna esperanza de que sea un hombre de ciencia? —contesto con doble sentido.

—¿Y de qué eres hombre entonces?

—Ya deberías empezar a tener claro de que soy más de química —respondo mientras me acerco.

Muy cerca y dejando que el silencio nos corroa me inclino a oler su cuello. Su pelo se desliza y me acaricia la cara sirviendo su perfume.

—Hueles muy bien, aunque seguro que sabes mucho mejor. Lo malo es que te gusta rechazarme y es posible que me gane otra cobra —susurro, susurro y susurro…

Sus ojos se abren como platos con un brillo de incógnita y temor que se aviva. Dejamos correr el tiempo sin respuesta hasta que chocamos lentos en un beso.

¡Despierta Marta! Oigo salir de su mente.

—No pienso dejar que sigas besándome. No sé nada de ti —me dice cariñosa en una muestra de vulnerabilidad que me derrite.

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