Relatos eróticos: Un trío cerca de casa

Un trío cerca de casa es una historia de seducción y sexo que narra una experiencia de Jesús. Budista y libertino por naturaleza, suma una fiesta tras otra. Ésta no es más que una de ellas, no por eso menos apasionante.

Un trío cerca de casa

Suena el timbre de la puerta. Es la cuarta vez que alguien toca esta mañana. Mi salón está patas arriba. Todavía no sé si conseguiré levantarme, la fiesta de ayer me tiene sumergido en una poderosa resaca. No es que no me guste que me inviten a las mejores fiestas, pero últimamente caigo con demasiada facilidad en las redes del descontrol. Quizá algún día me haga viejo y eche de menos estos dolores de cabeza.

Por fin consigo levantarme y acercarme hasta la puerta. La abro sin dudar y me pregunto si alguna vez he usado la mirilla. Tiendo a ser demasiado confiado. Al otro lado me encuentro a Amanda, mi vecina. Desde mi metro ochenta y cinco de estatura Amanda es percibida como una pequeña diosa griega de diminutos pechos y un bello rostro angelical. Su pelo es liso y negro. Me la imagino desnuda nada más verla, pero yo mismo sé que no es cosa de la resaca, me habría imaginado lo mismo igualmente.

– ¡Hola! – Me dice animada y sonriente con esa dulzura característica suya – Dios, Jesús, tienes un aspecto espantoso. Te pegaste una fiesta tan gorda ayer que ni te has cambiado de ropa, ¿verdad?

– Confiaba en que me ayudaras tú, Amanda. Ahora que estás aquí no veo ningún impedimento.

– ¡Déjate, déjate! Mejor que descanses, no te va a venir mal. Venía para decirte que esta noche voy a montar una fiesta en…

– ¡Cuenta conmigo! – Le digo rotundamente antes de que termine la frase. Y acto seguido cierro la puerta en sus narices. Las fiestas en casa de Amanda suelen estar repletas de estudiantes, solteras y que beben sin control. Merece la pena pasarse a echar un vistazo.

Como decía antes, mi piso está hecho una jodida cuadra. No me acuerdo de la noche de ayer pero por lo visto acabó en mi ático una vez más. Siempre me prometo no acabar las fiestas aquí, y cuando voy borracho se me olvida. Me acerco al frigorífico a buscar una cerveza fría que me espabile las ideas y por el camino encuentro un paquete de tabaco hecho polvo, lo abro y aparece un único cigarro superviviente bastante arrugado, junto a un mechero en el que pone “El libertinaje es cosa de sabios”. Hace semanas que no fumo, pero ¿quién diría “no” a recibir fuego de tan instructivo mechero?.

Mi terraza está decorada como si se tratara de un jardín Zen. El piso entero presenta un decorado con un claro carácter oriental. Me siento junto a la pared en posición de loto, enchufo el cigarro, y doy un trago largo a la cerveza helada. Una pequeña brisa de aire roza mi piel, y el tiempo se detiene para mí.

– – –

Pulso el botón del ascensor y éste me recibe con las puertas abiertas. Espero que esta noche se me abra más de una puerta, o al menos eso pienso. Me he puesto mis vaqueros verdes rotos y desgastados, zapatos negros, camisa negra y corbata también negra. La corbata no era imprescindible, pero nunca está de más llevarla cuando hay altas probabilidades de que la cosa se caliente, podemos acabar usándola para atar manos traviesas o como venda en los ojos. Toco al timbre y una despampanante chica rubia abre la puerta.

– ¡Que tetas más enormes! – Susurro sin quererlo.

– Gracias, espero que sea un piropo. – Me dice ella sonriendo.

– Discúlpeme, señorita, por la impertinencia. A veces no pienso lo que digo, otras no digo lo que pienso. En este caso he dicho lo que pienso y nadie jamás podrá refutar que es verdad.

– ¡Jajaja! Eres Jesús, ¿verdad? El vecino de Amanda. – Asiento con la cabeza – Yo soy Cristina. Llegas un poquito tarde, pero te hemos guardo algo de alcohol además de esa botella de vino que llevas ahí.

– Todo un detalle, Cristina. Pero no pienso pasar hasta que sepa seguro donde me estoy metiendo. ¿Puedes darte la vuelta por favor? No quisiera llevarme sorpresas poco gratas. – En ese momento sonríe con una de las sonrisas más malvadas que he visto nunca. Se da la vuelta y se agacha hacia adelante situando su culo a plena disposición de mis sentidos.

– ¿Es una sorpresa suficientemente grata para ti? – Me dice seductoramente mientras me mira manteniendo su culo en pompa. Su camiseta se hecha hacia adelante por la postura y deja ver su cintura. Su piel parece suave, además de bronceada.

– Ahora ya no me quedan dudas. Eso tengo que probarlo – Le digo seria y seductoramente mienta señalo su culo. Ella se restablece y se acerca a mi oído. Tan cerca que sus tetas rozan contra mi pecho.

– Eso ni lo pienses, pervertido. – Me dice jugando.

– Demasiado tarde, ¡ya lo he pensado!.

Finalmente, Cristina me deja pasar y voy directo a la cocina sin saludar al resto de los asistentes a la fiesta. Ya habrá tiempo para presentaciones, he traído una botella de Rioja de más de 30€ la botella y veo momento de abrirla. ¿Será tan afrodisiaca como parece? Espero que sí. Busco un descorchador y me sirvo esa copa que sabe a néctar del mismísimo cielo. No me gusta ser blasfemo, pero entre los de arriba y yo nos entendemos. Esta noche quiero sumar unos cuantos pecados más a la lista.

– – –

Me despierto sediento y desorientado. “Una vez más…” lo primero me susurro al despertar. A un lado encuentro a la rubia de tetas gigantescas que vi al entrar al piso. Recuerdo mi polla moverse rápidamente en su canalillo en una cubana auténticamente mágica.

– Te gusta follarte mis tetas ¿verdad? – Me decía mientras me miraba fijamente con sus grandes ojos azules y con una sonrisa igual de perversa que la que me había echado en la puerta. Por lo que había oído esa noche, era una niña de papá. De familia muy adinerada. Al parecer su padres eran dueños de una conocida empresa de telefonía móvil, y ella se dedicaba a estudiar dos carreras al mismo tiempo. Sin duda estaba ahí para desfogarse y que la follaran bien. Se lo merecía después de tantas horas de estudio.

-Ahora lo sé. Me encantan. ¡Dios que placer! – Una palabras cargada de gran sinceridad. Mi polla se movía una y otra vez entre sus tetas y solo salían de ellas para entrar en su boca. Recuerdo como movía su lengua y la frotaba por esos labios rojos y carnosos, y como me miraba mientras lo hacía. Estaba desbocada. Me coge la polla y la golpea varias veces contra su lengua mientras me mira, y la vuelve a introducir en su boca con ansia.

Despierto de ese mágico recuerdo. Creo que había alguien más aquí ayer. ¿Dónde está Amanda?. Intento salir de la cama y me la encuentro durmiendo en el suelo. Ha debido caerse mientras dormía y no se ha molestado ni en levantarse. Me esfuerzo por contener la risa en un primer momento, y finalmente me levanto de la cama y la cojo en brazos para subirla de nuevo al colchón. Ella abre los ojos y me mira algo desorientada.

– ¡Shhhh! No hagas ruido. Voy a traerte un vaso de agua.

Voy a la cocina e intento reconstruir los hechos. A Amanda ya me la había follado otras veces. Se podría decir que éramos muy buenos vecinos y no pocas veces nos prestábamos sal cuando la requeríamos. Lo que siempre me ha sorprendido de ella es que a pesar de ser un chica aparentemente tímida, luego en la cama podría tenerle envidia hasta la mismísima Afrodita. Es fogosa, muy fogosa, y sabe lo que tiene que hacerle a un hombre para tenerlo complacido. Se me vienen más recuerdos a la mente…

– Te gusta mi polla ¿verdad? ¿No decías que no iba a poder probar tu culito? Porque ahora es todo mío… y créeme que lo estoy disfrutando. – Le digo a Cristina mientras la penetro en posición de perrito. Ella gime fuerte por la excitación. Me mira y me dice que la folle más fuerte. Que ha sido muy mala. Amanda está tumbada delante de ella mientras Cristina pasea su lengua por su clítoris al mismo tiempo que se mueve para que la penetre una y otra vez.

– ¡Siiiii! Cristina, lámeme. ¡Lámeme!. – Le grita Amanda a Cristina cogiéndola del pelo y haciendo presión hacia ella. Mientras tanto yo me preguntaba cómo es que los vecinos nunca se quejaban en este bloque. No obstante, estaba más concentrado de penetrar el maravilloso culazo de Cristina, quizá los vecinos estén follando también y yo ahí preocupado.

Despierto de nuevo a Amanda tras volver con el vaso de agua y una pastilla que tenía en mi cartera.

– Tómate el vaso de agua. Te he traído también un ibuprofeno para la resaca.

– Estoy bien, solo hay una cosa que me apetezca ahora mismo. – Me dice pícaramente mientras señala mi paquete con su dedo índice.

– ¡Jajaja! ¿No tuviste bastante anoche? Te advierto de que mi polla no te va a quitar la resaca.

– ¡Jajajaja! – Se ríe tan fuerte que consigue despertar a Cristina.

– Pufff, creo que con esto he conseguido olvidar todo lo que he estudiado esta semana. – Mientras me lo dice se aparece ante mí el final de la noche de ayer. Esos labios gruesos y carnosos. Recuerdo como chupaba mis huevos mientras Amanda lamía mi polla antes de correrme. Al parecer… ese fue el gran final. No puedo evitar una sonrisa más que malvada.

– No te preocupes, cada vez que necesites olvidarte de lo que has estudiado para dejar hueco a nueva información, aquí estaremos encantados de ayudarte. – Le digo a Cristina y los tres nos reímos.

¿Qué tendrá la risa que nos anima a tener más sexo? Amanda consigue sacar mi polla de mis boxer y se la mete en la boca. Empieza a succionarla y a soltar pequeños gemidos.

– Dentro de unos minutos te quiero aquí – Me dice mientras señala su culito.

– No os olvidéis de mí, ¡ehhh! Yo también quiero sexo mañanero – replica Cristina. Y vuelta a empezar…

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