La noche transcurría divertida. Había pasado casi dos horas en un bar hablando con un grupo de chicas con mi amigo Jorge, a las cuales conocimos previo “acople” a su mesa. Me sentía animado. El desparpajo y el echarle morro que nunca falte. Pero había llegado el momento de continuar la noche en un ambiente más festivo. Nos decidimos por ir a una conocida discoteca de Murcia que siempre se ponía a tope.

Una vez dentro, estamos hablando entre nosotros y de repente veo a un grupo de… ¿Cuántas eran? Creo que unas 6. Una de ellas estaba echando una foto a otras dos, mientras una tercera se encontraba un poco apartada. Aprovecho esta situación para incorporarme al grupo a través de la que había quedado descolgada.



—Oye, y tú porque no te pones en la foto, ¿no te estarán discriminando? —espeto con ánimo y una buena dosis de confianza.

Mientras tanto, mi amigo Jorge que nunca pierde ni un segundo, ya había encontrado su objetivo particular dentro del grupo.

—Yo es que soy muy poco fotogénica —contesta ella con una sonrisa.

—Pobrecita… ¿quieres un consejo para salir mejor en las fotos?

—A ver…

—Mira, cuando te estén echando una foto, ¿ves el objetivo? —le digo señalando el objetivo de la cámara, mientras una de sus amigas estaba echando otra foto. Esta pensando que iba a poner la mano me da un pequeño manotazo con gracia para que al aparte—. Joder vaya viaje me ha pegado tu amiga —ella sonríe y los dos nos reímos.



Tras algo de conversación trivial sin mucho peso ni importancia, más que la de seguir obteniendo confianza el uno con el otro, vuelve a preguntarme sobre qué debe hacer para salir bien en las fotos.

—A ver, es un truco que utilizan las modelos. Lo que tienes que hacer es mirar unos dos dedos por encima del objetivo —le digo mientras escucha atenta e impasiva.

Es una chica morena, de una estatura media, delgadita, cara dulce y contorneada y de ojos sabiamente avispados. Importante a añadir, su culo: redondito y muy prieto que presumía de un perfecto equilibrio entre tamaño y forma.

—Uuuhh, que manos mas calentitas, ya no te suelto en toda la noche —le digo tras ofrecerle mi mano al presentarme.

—Tú en cambio las tienes congeladas—. Contesta ella riéndose y haciendo gala de una dentadura perfecta.

—Si, bueno, siempre he tenido las manos un poquito frías, pero con el roce de las tuyas ya se me van calentando.

Seguimos riendo y parece que todo empieza bien. Me comenta que están celebrando el cumpleaños de una de ellas, a quién en su presencia felicito y juego a cantarle cumpleaños feliz.

Continuamos hablando sobre diversos temas: Qué estudiamos cada uno, cómo es que habíamos decidido estudiar eso, edad, etc. Mientras tanto, yo la miro fijamente. El mayor poder de seducción está en la mirada. Me dejo llevar por su atractivo femenino y permito que mis miradas sean más prologandas en el silencio conforme me va cautivando.

—Tío, no me mires así, yo no estoy acostumbrada a esto —dice sonrojándose.

—Anda, pero si en el fondo eres timidita —le suelto mostrándome un poco cabroncete.

—Puufff, yo soy súper tímida, no te imaginas cuánto.

—Yo antes también era muy tímido, pero nunca he estado contento con esa faceta mía, y desde hace varios años me propuse ir quitándomela poco a poco—. Le digo mostrándome vulnerable mientras desvelo mi capacidad de superación y lo muy orgulloso que estoy de ella.

—¡Anda ya! Si tú de tímido no tienes nada, ¡no me engañas!

—Enserio, yo veo ahora a mis sobrinos, que por cierto tengo dos, un sobrinito de 8 años y una pájara de 5, y cuando ven a desconocidos no se cortan nada. Yo en cambio cuando tenía su edad me escondía detrás de mis padres super cortado—. le digo con sinceridad pero sin perder con sentido del humor en mi voz.

Pone cara de seguir sin creérselo demasiado, lo cual me viene bien para seguir expandiéndome en mi historia personal. Como si se tratase de una película romántica estadounidense, percibo como mi confesión hace que nos sintamos más unidos el uno al otro.

—A los 13 años o así, entrando en la adolescencia, odiaba ser tímido —continúo abriéndome—. Quería relacionarme cómodamente con los demás pero no podía. Así que empecé a tirar para adelante aunque me costara. Me propuse quitarme esa timidez, combatirla…

—¿Y cómo se hace eso de quitarse la timidez?

—Bueno, normalmente a todos nos cuesta integrarnos, y a veces no nos permitimos conocer gente por eso. A lo mejor estamos en un grupo de personas en que conocemos a un amigo y no nos presentamos al resto, estamos pasivos y no hablamos. Yo me propuse que siempre que quisiera conocer a gente, aunque me costara por mi timidez, yo lo haría.

—Jolín es que eso a mí me cuesta un montón, me pongo muy nerviosa.

—También puedes hacer burradas

—¿Cómo que burradas? —pregunta extrañada.

—Burradas, por ejemplo yo una vez me fui a un parque lleno de gente, y me puse a gritar que me había tocado la lotería. Y cuando venían a felicitarme les decía que no que era coña, que no me había tocado nada —le digo de una forma interpretada, saltando en la discoteca como si me hubiese tocado la lotería y provocando amplias risas a la chica.

—Estás loco, yo no hago eso ni muerta.

—Bueno otro truco también es hacer encuestas y cosas así, que te obligan a hablar con la gente.

—Y eso como lo haces, ¿te acercas a una persona y le dices que le vas a hacer una encuesta? — no puedo evitar reírme ante los extraños de su cara.

—Si mira, vamos a hacer la prueba, imagínate que no te conozco.

—Venga vale. —tras su consentimiento deslizo mi mano en el bolsillo trasero de los vaqueros para sacar una tarjeta de invitación típica de las discotecas. Entonces empiezo con el juego.

—Hola, ¿Qué tal? —le digo de forma pausada y en un tono con ápices sexuales.

—Hola, muy bien.

—Veras era para ver si te podía hacer una encuesta. Es una encuesta muy cortita, tan solo son 3 preguntas —empiezo escarbar entre las profundidades creativas de mi mente, a pensar cuales son las preguntas que voy a realizarle.

—Venga vale —contesta ella sonriendo.
El hecho de interpretar esta situación resulta muy divertido, lo que hace inevitable que ambos nos partamos de risa…

—Primera pregunta: Te parece simpático el chico que tienes en frente. ¿Sí o no?

—Si —suelta con cara de quién descubre que el juego tiene trampa.

—Vale, un segundo —hago como que busco un bolígrafo en el bolsillo, lo saco y tacho la opción elegida —ella rompe a reír. —Muy bien, segunda pregunta. Que es lo que más te gusta de dicho chico?

—Pues no sé, que es muy simpático también.

—Muy bien, pues pasemos a la tercera pregunta. ¿Te gusta dicho chico?

Aquí empiezo a darle una dirección al asunto. Ya habíamos hablando un poco de cada uno, había sexualizado la conversación con la mirada y era el momento de ir preparando el terreno para avanzar hacia los besos y caricias que tanto deseaba.

Entonces la timidez de ella comenzó a amplificarse, incluso haciendo gestos de querer irse. Se notaba que estaba nerviosa, y era mi deber suavizar la situación y adaptarla a la timidez de la chica si no quería echarlo todo a perder.

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—Bueno, no pasa nada, esa te permito que no la contestes. Yo si te la voy a contestar. Va, practica, hazme tú la encuesta —espeto consiguiendo relajar la situación y ella mirándome con luminosidad en los ojos vuelve a entrar en el juego.

—Hola, era para ver si podía hacerte una encuesta.

—Si, claro —contesto mirándola a los labios con deseo.

—Bien primera pregunta. ¿Cuál era? —pregunta y yo se la susurro al oído como a escondidas.

—Bien, te parece simpática la chica que tienes en frente?

—Sí, me parece muy simpática y agradable.

—Segunda: Que es lo que más te gusta de ella?

—Pues me gusta… que es una chica atractiva, muy cercana y que me inspira mucha paz. En definitiva me siento muy agusto con ella —comienza a ponerse jora.

—Tercera pregunta. ¿Te gusta la chica que tienes delante?

—¿Tú qué crees? —Le digo con provocación mientras mis ojos devoraban los suyos.

Aquí le dio una especie de ataque de nerviosismo leve. Hizo como que quería irse. Yo obviamente se lo impedí. Intenté besarla, pero no iba a ser ese el momento. Sus amigas estaban aún a nuestra vista y lo más conveniente era que ambos saliésemos fuera donde poder disfrutar de más privacidad.

—¿Fumas? —le pregunto con gesto y tono de salir fuera.

—No

—¡Qué envidia! ¿Me acompañas fuera y seguimos hablando más tranquilamente? —duda y se muestra pensativa—. Hay porteros sabes, como mucho un pequeño grito y ya se encargan ellos de apañarme el cuerpo. Además ya ves que no soy ningún peligro para la humanidad.

—Vale, un segundo que coja la chaqueta.

Mi humor consigue tranquilizarla y finalmente se anima a acompañarme. Salimos fuera, me enciendo un cigarro y seguimos hablando. El tema derivó en que participaba en la cruz roja, lo que hizo disparar el interés que sentía en ella.

—Doy charlas en la cruz roja para que los adolescentes no empiecen a fumar y esas cosas.

—¿En serio? Eso me encanta dame un abrazo —le digo entusiasmado mostrando lo mucho que me cautivaba que fuese voluntaria y ambos nos fundimos en un más que cariñoso abrazo—. Yo siempre he querido hacer cosas así, ser más solidario. Yo se que, dentro de mi hay muchísimo amor que dar, pero todavía no he encontrado el tiempo o la forma. Entre la carrera, idiomas, gimnasio y de más líos, es que no me queda tiempo para nada.

—Ya, a mí me pasa igual, pero al final si te pones sacas tiempo.

Su cuerpo, sus labios y su mirada solo me dicen una cosa, que está deseando que mis labios tropiecen con los suyos. Que nos olvidemos de todo y nos encontremos en un beso. La acerco hacia a mi para abrazarla de nuevo, pero esta le doy un pequeño pero sensual beso.

—Dios no me puedo creer lo que estoy haciendo —dice ella.

—¿Qué te preocupa? —respondo deseando escucharla.

—A ver, yo siempre he sido de relaciones. Nunca me había liado con un tío en una discoteca.

—A mí tampoco me parece normal lo que está pasando, pero si algo valoro mucho es este tipo de conexión tan intensa que estamos sintiendo. O bueno no se en tu caso, pero yo al menos si siento mucha conexión ahora mismo. Llevamos hablando muy poco tiempo y ya estoy perdiendo la cabeza. Esto lo valoro muchísimo más que llegar a conectar después de estar un mes ahí que si si que si no para el final llegar a experimentar conexión.

Le digo comunicándolo lo especial que está resultando este momento para mi.
Lo especial que me resulta haberla conocido como si de un flechazo a quemarropa se tratara.
Ella me abrazo.
Se lanza sobre mi.
Me besa, me besa y me besa.
Una lluvia de besos que me calan por dentro.

—Yo es que esto no lo había hecho nunca, en serio.

—¿Qué te crees que esto a mi me suele pasar? Yo hoy he a tomar algo, ni si quiera pensaba salir de discotecas. En la vida me habría esperado conocer a una persona con la que hiciera saborear esta sensación.

—Es que yo no me lo puedo creer —sigue diciendo ella cada vez más sulfurada.

—Quiero seguir conociéndote más —le digo con tono dictatorial como el que está completamente convencido de lanzarse a un camino sin posibilidad de marcha atrás—. ¿Qué te parece si me das tu teléfono y mañana por la tarde te llamo?

—Sí, apúntatelo 6XXXXXXXX…

—Vale, mañana te llamo, y bueno, seguimos hablando y conociéndonos un poquito más. Y a ver si pronto podemos volver a vernos. A qué hora te puedo llamar, ¿te mando un WhatsApp primero?

—No no, a partir de las 6 hasta las 9 o así cuando quieras puedes llamarme.

—¡Muy bien!

Tras intercambiar teléfonos y asegurarme de que cuento con su consentimiento para poder seguir hablando mañana, intentando esquivar riesgos de que no conteste receptivamente al WhatsApp, empieza a preguntarme más cosas sobre mí de una forma un tanto insegura.

Quería saber si de verdad era un chico normal y no era un tipo raro que luego estuviese llamándola cada dos por tres y esas cosas. Opte de nuevo por darme un poco de vulnerabilidad.

—A ver, a mí me has gustado mucho y te voy a llamar. Ahora, yo no voy a montarte un cirio en tu vida. Yo para eso soy muy reservado. Llamo una vez y no más. Si lo coges bien, si no dame un toque y te vuelvo a llamar en otro momento. No soy ningún acosador —termino diciendo y los dos nos reíamos.

Resuelta esta nueva inquietud de la chica, volvemos a hablar un poco de nosotros mientras besos y tocamientos se hacen cada vez más presentes y calientes. Por desgracia, no siempre se puede acabar con final feliz y este tuvo que postergarse a un par de semanas más tarde.

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Tentados por la algarabía de la otra persona, esta se convierte en el estímulo que en un plano circunstancial de nuestra vida nos lleva a saborear uno de los más suculentos manjares de nuestro subconsciente. Y esa es la seducción más intensa. La que libre de apegos, dependencias y condicionamientos nos hace ser sensibles de nuevo. Caminando hacia lo desconocido. Hacia lo que no podemos controlar pero nos hace sentir completamente vivos.
#wearebrave

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