Navegando a la deriva, sin sentir los pies en el suelo. Soñando con lo imposible. Hablando conmigo mismo en la profundidad de la noche, veo pasar los pensamientos mientras ellos me saludan con indiferencia. Están fuera, al alcance de mi comprensión pero sin sentir sus punzadas.

A veces los pensamientos son como espadas afiladas. Las personas son simples herreros de edad media. Dan filo y luego se acogen al abrazo de su corte. Pensamos, pensamos y los miedos corren a nuestro encuentro. Jamás tropiezan por el camino. La inseguridad se adueña de las finas raíces de la cordura. Nos identificamos, pensamos y visualizamos y creemos que será. Será, pero no es. Vendrá, pero quizá no. Pasó, y qué más da lo que pasó. Volverá o no volverá, se fue, o quizá nunca estuvo.

El cielo está al alcance de aquellos que echan firmes raíces en la tierra. Cuanto más presentes estamos, más cielo alcanzamos. Somos algo más, claro está. Cuando una sonrisa de mujer alela al más duro e inteligente de los políticos, rasgando su corazón a trompicones, sometiéndole a caer al suelo con la tonta mirada del niño, somos algo más.

Cuando no pensamos, y estamos presentes. Somos algo más.

No somos lo que pensamos. Ni si quiera lo que hacemos. Somos algo más, y cuando nos sentimos en profundidad, comenzamos a ver con claridad. Olas que irrumpen en la noche, pero que no chocan contra el casco de nuestro barco, pues navegamos sobre ellas, a cierta distancia, flotando. Las apreciamos, las observamos, sabemos que están ahí. Pero a cierta distancia… Con libertad y conciencia.

Anhelo la mirada de una madre a su hijo pequeño cuando ve que su felicidad se muestra con las cartas de la gratitud. La madre emocionada perderá todo pensamiento, ira, odio o daño pasado, presente o futuro. Solo existe un momento. Tan fugaz y tan vivo, que apenas nacido vuelve a muerto. Pero yo no quiero que muera el instante con un pensamiento, prefiero que lo haga con un sentimiento. Porque esa madre y ese niño son algo más. Porque todos, somos algo más.

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