Oh, la, y en blanco y negro pintas las fotografías
de lo que jamás tuvimos.
Tan solo un baile, breve y torpe por un momento.

Espero no pisarte, pienso.
Pero si piensas, pisas. Y puedes acabar pisando freno
cuando algo en ti solo quería acelerar.

Y bailamos entre los escombros del Titanic,
entre los que se postulan a ser los más guays
y entre quienes buscan la mejor enseña para su Instagram.
Golpeamos a varios, pero es que cuesta.
Cuesta concentrarse cuando tu cuerpo es una invitación,
Adán y Eva bailando alrededor del árbol prohibido de un dios,
golpeando tus caderas más en mi mente que en tus huesos.
Una mente demasiado cansada para amar.

Solo una caricia, por favor,
la que empieza con el sentir de nuestras manos,
un gesto calculado, rebotando entre las luces
de un escurridizo Cupido acobardado.

Pero no hay sorpresa,
yo ya sabía que su flecha no aparecería
y nos perderíamos un beso caminando entrecortado,
un mordisco en tu hombro tatuado,
pétalos en mi boca que estremecen los sentidos,
humo de cachimba flotando liberado.
Sentir sin pensar,
valiente sin mirar adelante o atrás,
pétalos rojos que cruzan las curvas de tus pechos
y que caen en luna a tu cintura.

Mírame con tus ojos de avispa y aguijonea hasta que duela,
manda un beso al aire que yo mandaré a todo un ejército a buscarlo.

Napoleona de Davides, ahora y más ahora,
pues no hay más ninguna otra cosa,
conviértete en mi acelerador,
lléname de tu independencia rebelde,
haz que mis manos te recorran con firmeza
y que de la lámpara de Aladino
saquemos juntos las llaves del mundo.

Poema del libro: Despierta belleza

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