Con tu mirada pinchas con aguja de mil demonios. Maltrátame perfecto mamón, pero luego no te quejes si sufres estragos en tu colchón. Yo ya decidí no enfadarme contigo, ni con tus punzadas de aniquilador mandón que abusa de su posición. En tu puesto hay demasiados, yo decido perdonarte e incluso amarte si me siento de valentía en sobra.

Pero mi perdón no es lo que importa, sino el tuyo propio. Pues la dictotariedad incompasiva se vuelve en contra como las abejas que defienden su panal y te pueden dejar agujereado en sus venenos.

Ayyyyy sonrisa mía, yo no te abandonare por más hostias que me den.
Tú liberas mis endorfinas cuando enseñas mis dientes
al reflejo del sol que expande en mis adentros.
Y si algún día te pierdo entre la noche,
si algún día me preparan una emboscada,
recordaré siempre que tú, sonrisa mía,
eres mi arma más ponderada.
Si, lo sé, quizá te pierda a veces,
pero siempre te recuperare una vez más.
Te lo prometo.
Siempre te tendré en verde.

Así que putéame don señor, quédate a gusto desahogándote sobre mi. Pues yo visito la Luna cada día y desde allí me río hasta de mi. Quizá algún día, cuando te olvides de mandar y chillar, te lleve conmigo. Pues por más que a veces te odie, no me dejaré contagiar por las punzadas del mal. Prefiero ver belleza y así despertar belleza en todas partes. Incluso en ti, por muy escondida que esta esté. A veces es mejor no responder si uno no quiere volver a sentarse en la mesa de los niños. Porque hay discusiones de adultos que muestran una total carencia de inteligencia y es mejor regatearlas.

Si pese a todo, algún día me haces caer y no consigo sostener las lágrimas, conforme estas resbalen sobre mi me limpiaran. Sé que me limpiarán. Lo sé. Pues cada lágrima será un destello luminoso brotando de mi corazón. Un corazón que me recuerda que soy humano, que no soy de piedra, pero cuanto más corazón soy, más fuerte me hago. Porque las fachadas no son una muestra de fuerza sino de debilidad, y para derrumbarlas solo el corazón tiene suficiente pólvora.

Así que putéame don señor, putéame lo que quieras, que nunca me verás vencido.

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