Poema: Despedida del barquero en amor y odio

Se puede actuar con amor o con odio. Lo que hagas después, será un reflejo de lo que sientas. El amor es creativo, y el odio es destructivo. El amor es compasivo, crea cambios mediante la razón y la empatía de la emoción. El odio no siente ninguna compasión, solo ve criminales a su alrededor. El amor perdona y avanza, el odio se engancha al pasado y crea infinitos infiernos. Con el amor se ve más allá, y sus penas son justas. Con el odio todo es exagerado, y siempre hay daños colaterales; culpables que no lo eran. Sus penas, son siempre igual de criminales que las del que las cometió.

Con amor, cualquier acto nos lleva más allá. Con odio, por mucho que una acción sea aceptada a nivel social, lleva a la destrucción del ser humano, a su represión y a la ausencia de las libertades que se pretendían defender.

Vive con amor, y serás libre, aunque miles de barrotes de hierro rodeen tu cuerpo. Vive con amor y tu espíritu volará con el brillo del sol, aunque tu cabeza ruede sobre una cesta. Nada importará, sino la grandeza de tu amor.

Vive con odio, y no necesitarás ninguna tortura ni pena alguna, ya las llevarás siempre en tu interior.

¿Lo que estoy haciendo lo hago con amor? Esa es la pregunta que nos acomete día a día, y que muy pocos, atienden a tener presente.

Avente toda, somnolencias de la vida que en barca de malhechor andas dispuesta a todo. No necesitas tú moneda de barquero para acorralarnos en la mar de tus ensoñaciones, y disponernos a trompear en tus desaires de repentina rebeldía indispuesta. Mátame soledad inmunda y no me despiertes hasta que el mundo sea algo mejor. Mata mente mía a mis neuronas que más vale tonto que hacer caso a los desaires de los reprimidos. Justos que buscan justicia pero que utilizan el odio como guía, ni son justos ni dan justicia a nadie, solo torbellinos de escombros surcando negros corazones apagados en la tristeza del barquero. Trágate ya la puta moneda maldito cabrón y déjame bajar aquí, digo al apagar la televisión. Adiós rebaño de la manipulación, no me creo vuestra música de malhechores ni los crímenes que me presentáis como altas idiosincrasias de la crueldad. Solo me creo vuestros titulares amañados y descontextualizados. Solo me creo las miserias. Vuestros pagos con odio a los que odio os dieron y en sus negras redes os dejaron atrapados en las pancartas del odio a más odiado.

Así que me voy, dejarme aquí en la mar que de las olas haré mi hogar. Surcaré sin diferencias, viendo belleza en cada despertar al que tampoco pienso comparar. Viendo belleza en la precisa ola del surfista y en la asquerosa agua de mierda de bañistas despreocupados con sus bolsas, condones, y compresas tirados a mi dulce salada mar. Bailaré entre el surf, la mierda, y los tiburones. Pero yo me bajo aquí. Desconecto de este engañoso mundo manipulado, pues para manipularme, ya me manipulo yo más dignamente en los propios desvaríos de mi puta mente. Yo me encargo de hacerme la autohipnosis. Yo me encargo de mi lavado cerebral, gracias por tus servicios, pero déjamelo a mí y sigue tu con tu barca hacia el inferno que más de los cojones te salga ir. Yo me voy al paraíso, a mi propia sugestión. Me voy a escuchar a las flores, al navío en la noche, a la luna que me habla diciendo que estoy loco, y a comer algas con los peces que no se dejan pescar con promesas pertrechadas. Me voy a ser ciego de tu mugre maldito barquero criticón, quédate con tus miserias. Yo, me voy a bailar al bosque. A seducir a la muchacha que me mira con carta de bienvenida y no teme ser juzgada por lo que un viejo idiota desgarrado diga de cómo debería actuar su flor. Me voy a mi soledad, a echar petardos con la muerte celebrando su cada día más cerca, mientras tú barquero, te escondes a hablar del tema a lloricón. Me sentaré a escuchar su música, el piano que clava las notas del juicio final en cada estremecimiento de mi piel, en cada tecla que siento brotar con pelos erizados que esperan impacientes otro nuevo resonar.

Adiós te dije, y dicho y hecho, me tiré de cabeza de tu barca. Al caer me partí el cuello, y ya nada volvió a ser igual. Comencé a andar sin cabeza. Sin mente ni condición, mientras que el barquero, por su camino siguió. Y este poema, fue la moneda que cobró.

 

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